“El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad.” Albert Einstein
“El nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir al proletariado”.Karl Marx
Fue en el mundial de fútbol de 1986, en México, donde se popularizó la ola humana, surgida originalmente en Estados Unidos, en un partido de fútbol americano y que es la acción del público de levantarse progresivamente de sus asientos en sentido contrario a las agujas del reloj y volver a sentarse, provocando una sensación de marejada incontenible.
Del mismo modo, a nivel político se desarrolló la ola progresista que se expandió por lo esencial de la geografía de América latina y que parece haberse detenido, justamente, en México al no haber llegado, por un pelo, el candidato de la coalición de izquierda Por el Bien de Todos Andrés, Manuel López Obrador, a imponerse sobre el candidato oficialista, el derechista Felipe Calderón.
Ricardo Lagos y ahora Michelle Bachelet en Chile, Lula en Brasil, un sorpresivo Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela e incluso Alan García en Perú, son la muestra de que la geografía política de América latina, el ex patio trasero de los Estados Unidos cambió con respecto a los años de 1990.
Nunca antes América latina tuvo un escenario político tan favorable para los cambios por las “progresistas” coincidencias entre las fuerzas gobernantes, y nunca, como ahora, la región vive inmersa en una olla de grillos. Por donde se la mire hay problemas entre gobiernos y a veces más allá de ellos que llegan a trasmutarse en problemas personales entre los mandatarios.
Quizás como primer acercamiento es ensayar una tipificación de qué izquierda o qué progresismo está gobernando cada uno de esos países, porque parece claro que no es lo mismo Chávez que Lula o Bachelet.
Es que de cada uno de estos presidentes y administraciones se transparentan hacia afuera señales de todo tipo, muchas veces contradictorias, lo que hace que las fronteras para establecer una caracterización ideológica se tornan muy difíciles, comportando así un rico panorama político en la región.
Lula, por ejemplo, fue un dirigente obrero metalúrgico, líder del partido de los Trabajadores (PT), una organización que durante su administración fue corroída por varios casos de corrupción que llegaron hasta los bajos de sus pantalones. Ahora se apresta, en el mes de octubre, a renovar su presidencia sin mayores problemas y se define, además, como un buen amigo de los Estados Unidos.
Bachelet, heredera del Partido Socialista de Salvador Allende, es una defensora del sistema económico que se desarrolló durante la dictadura de Pinochet, aunque con un decidido vuelco hacia las políticas sociales ausentes en las anteriores administraciones y es también, al igual que su par de Brasil, una buena referencia para el gobierno de los Estados Unidos.
Vázquez de trayectoria en la izquierda, en el Partido Socialista de Uruguay, es uno de los gobiernos calificados por la administración de George W. Bush como serios y amigos. No en vano el presidente de los EEUU le recibió en la Casa Blanca el pasado 4 de mayo durante una hora, el máximo de tiempo que el mandatario del país más poderoso de la tierra le otorga a cualquier otro gobernante.
El común denominador de estos presidentes es, por un lado, el pragmatismo para mantener políticas económicas heredadas y de tono moderado sin romper con los organismos internacionales como lo marcan el discurso ideológico tradicional, pero por el otro lado manteniendo el uso de la iconografía oficial de la izquierda como modelo cultural.
Al decir del politólogo uruguayo, residente en Londres, Francisco Panizza, (La Nación, 25/06/06) “en América latina, dentro de la variante socialdemocrática hay matices importantes entre lo que puede ser Chile y lo que puede ser Uruguay o lo que puede ser Brasil. Pero, en general, creo que hay un movimiento nuevo de una izquierda que no es la izquierda tradicional socialista y comunista, y que tampoco es la izquierda más nacionalista y populista”
Además de Bachelet, Lula y Vázquez en este plano estará seguramente ubicado el presidente de Perú, Alan García quien le ha dicho al periodista Andrés Oppenheimer que no será el populista radical que fue en su primer mandato, a fines de los ochenta: por el contrario, apoyará un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, pero también con Brasil y que seguirá el ejemplo de Chile en tratar de atraer nuevas inversiones para su país.
Los casos más obvios de esa otra izquierda, la nacionalista y populista son los que representan Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia.
El verborrágico mandatario venezolano se mueve por el continente y el mundo cual moderno predicador con una chequera en la mano y su interpretación del mandato bolivariano en la otra, con la absoluta libertad que le da presidir y de ser, en términos políticos, casi el dueño de una nación apuntalada por la riqueza petrolera que crece a la par con el drama de Oriente Medio.
Su última movida en el continente fue el ingreso con bombos y platillos a un Mercosur que padece de múltiples problemas y al que se lo caracterizó como agonizante bajo la reciente presidencia pro témpore de Argentina, fruto de las asimetrías de los grandes con los pequeños.
Venezuela se sumó oficialmente al bloque en la reciente cumbre de Córdoba. El ingreso de Venezuela al bloque se dio en tiempo récord, tan urgente como las necesidades energéticas de estos países. No es por cierto la nación caribeña un mercado a despreciar por el bloque conformado por Argentina Brasil, Paraguay y Uruguay. Sin embargo el ingreso de la Venezuela de Chávez puede traer problemas al bloque: es que el caribeño amenaza el liderazgo combinado que ejercen Lula y Kirchner en la región.
Morales, el cocalero presidente de Bolivia ha llegado allí con el indudable apoyo de Chávez y bajo el númen inspirador de un Fidel Castro que a sus casi 80 años sigue proyectando su imagen en el continente y su movimiento se caracteriza por el nacionalismo étnico de izquierda.
Por último, en tren de caracterizar a los presidentes progresistas aparece Néstor Kirchner, un fenómeno político que para los analistas es muy difícil de encasillar por la ambigüedad con la que se mueve. Si es fácil ubicar a Chávez, incluso a Morales, y bastante fácil darle un lugar a Lagos y a Bachelet, es difícil de ver cuanto tiene Kirchner de Chávez o de Bachelet. Es así como a caballo de esos dos modelos de izquierda o de progresismo cabalga el ex gobernador de Santa Cruz, la sureña provincia Argentina, un desconocido para el gran público hasta hace un poco más de tres años. En todo caso, lo único claro es que proviene del peronismo y este es un dato clave para un movimiento que sabe lo que es el poder y cómo manejarlo y que domina la política argentina desde hace 50 años.
Está claro, entonces, que es muy difícil evaluar a estos presidentes progresistas siguiendo patrones de otras épocas. Han sido justamente los sectores que siguen visualizando a la izquierda con patrones anclados en el pasado la mayor fuente de críticas que reciben los gobernantes menos ortodoxos, o más pragmáticos si se quiere, esto es Lula, en algunos aspectos Kirchner, Bachelet y Vázquez.
Es que el nuevo paradigma de la izquierda tradicional es Chávez, Morales y lo fue a su turno el ex militar nacionalista Ollanta Humala, el candidato derrotado por García en Perú y por supuesto lo sigue siendo Castro.
La pregunta es si Chávez, Morales y el propio Humala son progresistas. Es más, la pregunta sería: ¿qué es ser progresista hoy en América latina? Una pregunta complicada de responder a la luz de un nuevo contexto global con la aparición de nuevas potencias (China) y alianzas económicas políticas (Rusia, China, Irán) con contratos multimillonarios de venta de petróleo y gas, inversiones en infraestructura, venta de armas, programas de cooperación tecnológica, entre otros aspectos o con un país como la India que juega su propio partido o una Unión Europea inmersa en sus interminables problemas de identidad.
En este marco geopolítico cada vez más complejo se mueve la ola progresista que ha cambiado la cara de América latina, pero, contrariamente a la ola humana donde todos al igual que en las gradas de los estadios se levantan de manera armónica y coordinada, se asiste al enfrentamiento de progresistas contra progresistas.
Más hamacados que en un tren
En octubre de 2004, cuando Tabaré Vázquez ganó las elecciones para la presidencia de Uruguay, desde el otro lado del Río de la Plata, el gobierno de Kirchner celebraba con los uruguayos el cambio de timón.
Pocos meses después, Uruguay y Argentina están enfrentados, incluso en los estrados internacionales de la Corte Internacional de La Haya por la construcción de dos plantas de celulosa en las orillas del Río Uruguay, un curso de agua compartido entre los dos países.
Para Argentina y en especial para los pobladores de Gualeguaychú, la localidad vecina a la uruguaya de Fray Bentos donde se levantan las pasteras, los emprendimientos son contaminantes. Uruguay lo niega citando informes del Banco Mundial, según los cuales el proyecto es ecológicamente sano, pero además dice que no va renunciar a las fábricas, la mayor inversión privada de la historia con US$ 1.800 millones.
Desde el gobierno argentino oficiosamente se alentó la movilización popular con el bloqueo de los puentes que unen a esos dos países, lo que, según la denuncia presentada por el gobierno de Vázquez implicó un costo de U$S 400 millones, aspecto éste que se está sustanciando en el tribunal de controversias del Mercosur.
Paralelamente, en Washington DC, Tabaré Vázquez comenzaba a explorar la posibilidad de negociar un acuerdo comercial para ampliar su acceso al mercado de los Estados Unidos, al tiempo que repetía a quien quisiera oírlo que el Mercosur lejos de ser un lecho de pétalos de rosas, se había convertido en un calvario con espinas incluidas y que en esas condiciones no se podía seguir.
Al inédito enfrentamiento de Uruguay con Argentina se le sumó la decisión del novel presidente de Bolivia cuando nacionalizó la industria de gas natural, ocupando con tropas las instalaciones de compañías extranjeras. La medida fue aplaudida en Bolivia, pero generó problemas con tres gobiernos progresistas: Brasil, Argentina y España.
La compañía petrolera estatal de Brasil, Petrobrás, la principal inversionista extranjera en ese país y la hispano-argentina Repsol-YPF son las mayores perjudicadas por la medida de Morales. Finalmente el precio del combustible creció un 50% lo que impactó en la economía chilena cuya matriz energética está basada en el gas, así como en Argentina y Brasil que también depende del gas boliviano.
El incremento del gas boliviano generó otro enfrentamiento regional, esta vez entre Chile y Argentina. La presidente Bachelet se quejó por carta y en duros términos por el precio del gas boliviano que Argentina triangula a Chile, cuyo aumento -dispuesto por el gobierno de Evo Morales- fue transferido al país trasandino por decisión de Buenos Aires.
Según Bachelet quedó “decepcionada” por la falta de palabra de Kirchner al incrementar el precio del gas más del que ambos mandatarios acordaron durante la cumbre del Mercosur, realizada en Córdoba.
A este problema del gas se le suma el histórico diferendo entre Bolivia y Chile por la salida al mar, reclamo que no ha encontrado eco en el gobierno de Bachelet, lo que animó a Morales a pedir ayuda a Perú para recuperar el acceso al océano que perdieron ante Chile desde el término de la Guerra del Pacífico en 1879.
Perú juega un papel clave en el acceso al mar de Bolivia debido a que según un tratado peruano-chileno, La Moneda está obligada a consultar a Lima si da luz verde a una eventual salida al mar a Bolivia por territorio chileno que en el pasado perteneció al país inca. Lima se ha negado siempre a esa posibilidad.
El ingreso de Venezuela al Mercosur amenaza con desacomodar el tablero político regional. Es intención de Chávez de darle al bloque una mayor impronta política en su objetivo de formalizar una alianza contra los Estados Unidos y para ello, por ejemplo, propuso la creación de una fuerza militar multinacional del bloque, mientras critica duramente a aquellos países que quieren formalizar acuerdos de comercio con la nación del norte. De hecho su abandono de la Comunidad Andina de Naciones, en el pasado mes de abril, se dio luego de que el presidente Hugo Chávez manifestara su molestia por un acuerdo de libre comercio que negociaron Perú y Colombia con Estados Unidos
Pero lo más irónico de las críticas de Chávez es que la propia Venezuela está aumentando su comercio con los Estados Unidos a cifras sin precedentes. Para Steve Johnson, de la Heritage Foundation, “la integración de Venezuela al Mercosur es como una obra de teatro del absurdo: ese país quiere hacer una alianza anti EEUU pero vive únicamente de lo que exporta al mercado estadounidense”.
Según las últimas cifras del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, las exportaciones de Venezuela a los Estados Unidos se dispararon de U$S 15.200 millones en el 2001 a U$S 34,000 millones en el 2005. Y no se trata sólo de petróleo: las exportaciones venezolanas de hierro, acero, y vehículos al mercado norteamericano se han disparado en los últimos cuatro años.
Asimismo, las importaciones venezolanas de los Estados Unidos crecieron de U$S 5.600 millones a U$S 6.400 millones en el mismo período, encabezadas por compras de maquinaria, vehículos, lentes y cereales.
Pero así como Washington, a pesar de la hostilidad recíproca hace negocios con Caracas, el Mercosur los quiere hacer con el país caribeño y en ese plano se inscriben los acuerdos energéticos de Uruguay y Argentina para tener un horizonte de tranquilidad en los próximos años, así como la creación de un banco de fomento para no tener que depender de los organismos internacionales de crédito, financiado, en su mayoría, por capitales árabes. Todo a pesar de que el bloque de mandatarios “pragmáticos” no comparte la hiperactividad y el protagonismo que el presidente caribeño tuvo para, entre otras cosas, influir en que Castro visitara Córdoba. Sin embargo, Chávez no tuvo en cuenta el reclamo que Kirchner le iba a hacer al anciano líder cubano por la médica argentina Hilda Molina, quien pugna, sin éxito, por salir de la isla para unirse a su familia en Argentina lo que provocó la ira del presidente cubano.
Como se ve hay muchos problemas en la región, por lo que la conclusión de lo que acontece en el continente es evidente: no existe tal ola progresista o un radical giro a la izquierda: hay diferentes izquierdas y diferentes progresismos. Hay una serie de países diferentes con presidentes de distinto talante que defienden, a su manera, intereses nacionales, lejos del internacionalismo de la izquierda.



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