Una biografía de Woodward y Bernstein analiza la carrera de ambos y su influencia en los métodos de la prensa actual - Los reporteros que hicieron dimitir a Nixon no trabajaron con una única fuente «como hizo creer el cine»
La Universidad de Texas, en Austin, posee algunos de los fondos documentales más importantes en manos de una institución académica. Hace cuatro años este centro, en el que se guardan, por ejemplo, los documentos del presidente Lyndon Johnson, pagó cinco millones de dólares por el archivo de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, los responsables con sus reportajes de la caída de Richard Nixon por el escándalo «Watergate». Éste es el punto de partida de un excelente libro de reciente publicación en Estados Unidos, «Woodward and Bernstein. Life in the shadow of Watergate», escrito por Alicia C. Shepard. Para su investigación, la autora ha podido consultar los archivos de quienes fueran los dos reporteros estrella de «The Washington Post» y el de Alan J. Pakula, director de la película «Todos los hombres del presidente», aparte de 75 entrevistas entre las que no se encuentran los dos biografiados, pese a que en un principio sí parecían dispuestos a colaborar con Shepard.
Un extraño robo
El libro muestra cómo el 18 de junio de 1972, Woodward y Bernstein eran los únicos que trabajaban en la redacción del «Post» en una misma historia, un extraño robo en la sede del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington. Bob Woodward procedía del seno de una familia conservadora y de fuertes convicciones religiosas, y el entonces editor del diario, Ben Bradlee, lo veía como el modelo a seguir por cualquier periodista. Bernstein, por su parte, se encontraba en la cuerda floja tras haber fallado en su intento por lograr el puesto de Hunter S. Thompson en la revista «Rolling Stone» y con el «Post» considerando seriamente despedirle. Shepard deja claro que los dos reporteros no dependían exclusivamente de la fuente anónima, conocida como «Garganta profunda», para su trabajo, sino que emplearon otras con la misma fuerza. Sin embargo, éste «nunca le dijo a Woodward nada que fuera incorrecto».
Durante más de tres décadas se guardó el secreto de su identidad, que era la de, finalmente, el número dos del FBI, Mark Felt. Las cintas de las conversaciones privadas de Nixon acabaron relevando que el corrupto presidente sabía que Felt era el traidor pero creía que si lo despedía la fuente causaría más daño. Shepard cree que la película «Todos los hombres del presidente» alimentó el mito de «Garganta profunda» quien, al fin y al cabo, era una de las muchas fuentes anónimas del equipo. Uno de los jefes del binomio Woodstein, Barry Sussman expuso que «no sería incorrecto decir que nunca tuvimos ayuda alguna de él, aunque un investigador en Miami que colaboró con nosotros en ese tiempo fue mucho más importante que Garganta Profunda».
Sobre este aspecto, el libro analiza la revolución de emplear fuentes anónimas por primera vez para una información periodística, algo habitual en la actualidad, pero toda una revolución en los 70. De esta manera, por ejemplo, Woodward y Bernstein lograron entrevistar a Henry Kissinger para su libro «Los días finales». Solamente existió una excepción y fue con la biografía que Woodward escribió sobre el humorista John Belushi, donde incluyó detalles sobre quiénes eran todos aquellos que le habían proporcionado datos. «Weird» fue una propuesta de la propia viuda de Belushi, quien acabó odiando el libro, al igual que todos los entrevistados, como Dan Aykroid y Bill Murray, que quedaron espantados al comprobar que aparecía todo lo que habían contado sobre el tráfico de drogas en Hollywood.
Amistoso y refinado
En la consolidación de Woodward y Bernstein jugó un importante papel la adaptación cinematográfica de «Todos los hombres del presidente», proyecto personal de uno de los protagonistas de la película, Robert Redford. El actor dejó a la autora del libro que consultara su diario personal sobre sus entrevistas con Woodward. Junto a una descripción del por entonces pequeño apartamento del periodista, Redford anotó algunas impresiones que para él fueron útiles para construir el papel a interpretar: «Lee un libro en hora y media. Quiere el trabajo de Bradlle y no le gusta escribir. Le gusta “El descenso de la muerte” [filme de Redford]. Le caigo bien. Es muy amistoso y refinado».



Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados