En setiembre del año 2002, en plena crisis, escribí una columna de opinión donde concluía que si no se daban ciertos cambios en la orientación del gobierno, entonces del doctor Jorge Batlle, el país se iba a la mierda, en alusión una expresión popular y fácilmente entendible sobre la complejidad del momento.

Han pasado casi cinco años desde aquel terremoto y si no fuera por la oportuna ayuda de los Estados Unidos, el país no se fue a la mierda, pero por lo menos la olió y durante un buen tiempo. Hoy, nuevamente, y ya no por una coyuntura tan puntual como aquella, pienso que el país se va a la mierda, que el Uruguay como tal, si no se toman medidas drásticas desaparece como nación independiente en un plazo no muy lejano y en este caso no hay ayuda que valga porque, como ocurre muchas veces en el fútbol, se depende de sí mismo.

Explico: hoy en el Uruguay somos 3.324.000 de personas en un territorio de poco más de 176 mil kilómetros cuadrados, totalmente aprovechable y sin grandes problemas climáticos y/o geográficos que hagan difícil la vida. Nuestra densidad poblacional, como se puede concluir con una simple cuenta, es muy baja: casi 19 personas por kilómetro cuadrado.

Para el año 2025, según una proyección de población del Instituto Nacional de Estadística, seremos 3.520.000. Como se ve poco crecimiento poblacional, casi nulo, y lo peor de todo es que de quienes nacieron en el año 2000, la mitad lo hicieron bajo la línea de pobreza según datos oficiales, también. Esto significa que quienes tendrán a su cargo el timón del país, quienes engrosarán la fuerza de trabajo del Uruguay para el año 2025 han tenido en su infancia, problemas de alimentación y educación, cuando no de droga. Tétrico panorama.

La población del país a su vez envejece y no se renueva. Hoy en Uruguay hay más gente que se muere que la que nace. ¿Y dónde están concentrados los nacimientos? Principalmente entre los sectores más desposeídos, con mayores problemas para poder, por ejemplo, enviar sus niños a una escuela. Esos niños nacen y se crían en hogares con múltiples problemas. Por caso, en estos días una madre anuncia que está dispuesta a vender un riñón para poder criar a su hija. Y esto ocurre aquí, en Uruguay, en pleno siglo 21, y en una ciudad como Maldonado.

Súmele además, la permanente sangría de uruguayos que siguen emigrando en busca de mejores horizontes. España, Estados Unidos, Argentina, Australia, son los principales destinos de esos compatriotas que en su mayoría se formaron en una escuela pública y en una universidad publica que pagamos todos los uruguayos. Así está este Uruguay: con una población envejecida y con alta tasa de emigración, y con niños y jóvenes que viven en situación de calle y sin una malla protectora que los acoja y que les genere una cultura del trabajo.

Hoy es más accesible esperar del Estado las soluciones, ya sea a través del asistencialismo del Plan de Emergencia o de los llamados para ser empleado público: en dos años 6.635 nuevos cargos (El País, 7 de agosto de 2007). ¿Cómo hacer para que esos niños, esos jóvenes que están “libres” en un cruce de calles, con un lampazo sin tener que cumplir horario alguno, sin obligaciones, se incorporen al plano formal? ¿Cómo fomentar la cultura de trabajo cuando se crían sin espejos donde mirarse, cuando no hay cultura del deber?. ¿Cual es el futuro del país? ¿Quién se va a hacer cargo de pagar la seguridad social de quienes ya han cumplido con su ciclo? ¿Seguiremos pateado la pelota para delante, recordando la hazaña de Maracaná, pero sin formar nuevos jugadores?

Hoy el sistema político en su totalidad, salvo honrosas excepciones, de las que sobran los dedos de una mano para señalarlos, está preocupado por las candidaturas, por agenciarse el poder, o por mantener el poder, pero en sus agendas no está, ni por asomo, este tema que es cardinal para el futuro del país; para que el país no se vaya definitivamente a la mierda.